Bitacora Arte Mixto

El día que dejé de medir el gesso: mi primer experimento con técnica mixta

Eran las tres o cuatro de la tarde de un sábado de esos en los que Medellín se pone gris y el olor a tierra mojada empieza a colarse por el balcón. Tenía frente a mí una acuarela que había terminado a finales del año pasado; un paisaje de flores que, para ser honesta, me parecía un poco plano, sin alma. Estaba ahí, sentada en mi cuarto trasero, rodeada de cajas de cartón que traje de la ferretería para organizar mis cosas, cuando sentí ese impulso de abrir el tubo de acrílico blanco que llevaba semanas guardado.

Antes de que sigas, quería contarte algo: en esta bitácora hay algunos enlaces de afiliado. Eso significa que si compras un curso o algún material por aquí, recibo una pequeña comisión que me ayuda a mantener mis pinceles limpios, pero a ti no te cuesta ni un peso extra. Solo recomiendo cosas que yo misma he puesto sobre mi mesa de trabajo o que he estudiado a fondo en mis ratos libres, como el Curso de Pintura Técnica Mixta que me cambió la forma de ver estas capas.

El contraste entre la oficina y el lienzo

Mi semana suele ser una procesión de facturas, logística de contenedores de acero y el olor penetrante del tóner de la impresora. Por eso, cuando llega el fin de semana, necesito que mis manos toquen algo que no sea un teclado. Ese sábado, mientras escuchaba de fondo un programa de radio viejo donde ponían boleros —creo que era en la emisora de la universidad—, me quedé mirando la textura del papel. No era cualquier hoja; era un papel de acuarela de 300g/m², lo suficientemente valiente como para aguantar mis experimentos sin quejarse demasiado.

Pensar en organizar la logística de un contenedor de acero es extrañamente parecido a decidir el orden de las capas de pintura. Tienes que saber qué va abajo para que lo de arriba no lo aplaste. Pero a diferencia de la ferretería, donde un error en el peso me cuesta un dolor de cabeza con el proveedor, aquí el papel me permitía equivocarme. Al menos eso pensaba hasta que recordé aquella vez que, por pura ansiedad, intenté usar papel de oficina común para una prueba rápida y vi cómo se arrugaba y se rompía al tercer brochazo de agua. Fue un desastre absoluto, una masa de celulosa deshecha que terminó en la basura.

Contraste entre papel de acuarela de 300g y papel de oficina arrugado por el agua.

Cuando el acrílico decidió invadir la acuarela

La acuarela tiene esa naturaleza noble y algo caprichosa de ser reactivable con agua gracias a la goma arábiga que mantiene unido el pigmento. Es transparente, deja pasar la luz. Pero ese sábado yo quería algo más. Quería tapar, quería relieve. Tomé el bote de gesso y, como ya es costumbre en mí, no saqué la cuchara medidora. Simplemente lo eché al ojo sobre la paleta. El gesso, que básicamente es una mezcla con carbonato de calcio, tiene esa densidad que te hace sentir que estás construyendo una pared pequeña sobre el papel.

El momento en que decidí aplicar una capa opaca de acrílico sobre un lavado de acuarela transparente fue casi un acto de rebeldía. Sentía que estaba desafiando el miedo a arruinar el papel, ese respeto casi religioso que uno le tiene a lo que ya está 'terminado'. Recuerdo que mi gato se paseó por el borde de la mesa, casi tirando el frasco de agua, y ni siquiera me inmuté. Estaba concentrada en cómo el blanco del acrílico empezaba a devorar los pétalos pálidos de la acuarela, dándoles una fuerza que antes no tenían.

Lo curioso es que el acrílico es egoísta: una vez que se seca, forma una película plástica irreversible. No le importa si le echas más agua encima; él se queda ahí, firme. En esos 20 minutos que tarda en secar al tacto, me levanté por un café y me quedé mirando cómo la luz del atardecer le daba una sombra distinta a los bordes de la pintura. Esos minutos de espera son los más largos del fin de semana.

Espátula aplicando gesso espeso sobre una base de acuarela vibrante.

La espátula y el ritmo de la tarde

Tras varias semanas de práctica, he aprendido que la técnica mixta no es solo poner una cosa sobre otra, sino entender cómo conviven. Saqué la espátula pequeña, la que tiene la punta redondeada. El sonido seco y rítmico de la espátula raspando el papel grueso es algo que me calma los nervios de toda la semana. Es un contraste total con el silencio sepulcral de mi oficina o el ruido monótono de los camiones descargando mercancía en la puerta del local.

Mucha gente que empieza en esto se queda atrapada en el papel fino. Creen que por ser 'solo una práctica' no vale la pena invertir en un soporte de gramaje alto. Pero la verdad es que, si vas a mezclar medios, el papel de bajo gramaje es una trampa. El acrílico tira de la fibra hacia un lado y el agua de la acuarela la expande hacia el otro. Al final, lo que tienes es un mapa en relieve de tu propia frustración. Por eso, aunque todavía no mido las cantidades, sí que me volví estricta con el papel. Si no tiene cuerpo, no sirve para mi cuarto trasero.

Mientras trabajaba en la pieza, sentí esa exhalación profunda y el descenso de los hombros justo cuando el primer trazo de color intenso cubrió el boceto inicial. Es como si el cuerpo finalmente entendiera que ya no estamos en horario laboral. No hay correos que responder, solo la mancha de color que se expande.

Vista lateral de una pintura mostrando el relieve y las capas de acrílico sobre acuarela.

Lecciones que no venían en el manual

Hace apenas un par de semanas, repasando algunas lecciones del Curso de Pintura Técnica Mixta, me di cuenta de algo que había estado ignorando por pura terquedad. El curso decía que el gesso debía aplicarse en capas muy finas si se quería mantener la flexibilidad del papel. Yo, por supuesto, puse una capa gruesa porque quería sentir la textura. ¿El resultado? Una pequeña grieta apareció cerca de una esquina cuando el papel se curvó un poco por la humedad ambiental de Medellín.

No me importó. De hecho, me gustó. Le daba un aire de objeto antiguo, de algo que ha sobrevivido a un viaje largo. En la ferretería, una grieta en una válvula es una devolución; aquí, es carácter. Me quedé pensando en cómo la regla de 'graso sobre magro' que tanto mencionan para el óleo no aplica igual aquí, pero la porosidad lo es todo. Si sellas demasiado con el acrílico, la acuarela que pongas encima simplemente resbalará como la lluvia sobre los techos de zinc.

A veces, cuando me canso de tanta técnica, considero probar algo totalmente distinto, como el curso de Arte Hecho en Plastilina, solo por el placer de amasar algo con los dedos, o quizás algo más estructurado como la Primavera Dorada si alguna vez me decido por un proyecto de una sola pieza larga. Pero por ahora, el desorden de mis tubos de acrílico y mis pastillas de acuarela es lo que me mantiene cuerda.

Mano con taza de café junto a pintura terminada en un ambiente hogareño.

El cierre de un domingo que llega

Ya es tarde. Mi pareja ya está en la cocina; escucho el ruido de las ollas y el olor a cebolla frita empieza a ganarle la batalla al olor del gesso. La pieza está ahí, sobre el caballete improvisado, luciendo mucho más profunda que hace tres horas. Tiene relieve, tiene capas que cuentan una historia de indecisiones y aciertos.

He aceptado que no necesito medirlo todo para que funcione. Al final, la satisfacción de ver una pieza con relieve y profundidad supera cualquier manual técnico. Si estás pensando en mezclar esos tubos que tienes guardados, mi único consejo es que no escatimes en el papel. Consíguete uno de buen gramaje, abre el balcón y deja que la pintura haga lo suyo. Si te sientes un poco perdida con el orden de las capas, dale una mirada al Curso de Pintura Técnica Mixta; a mí me sirvió para entender que, aunque no midamos el gesso, hay una lógica detrás de la magia que hace que todo se mantenga en su sitio. Mañana será lunes y volveré a los contenedores y a las facturas, pero por ahora, el cuadro está seco y el café todavía está caliente.