Bitacora Arte Mixto

Cómo crear texturas con gesso en cuadros de técnica mixta

Una espátula que compré en la ferretería para resanar una pared termina dando una textura más viva que cualquier pincel hecho justo para eso. No tengo una respuesta que convenza a nadie más que a mí, pero llevo suficientes tardes metiendo las manos en gesso como para sospechar que la diferencia no está en la herramienta, sino en lo que cada una le hace al blanco antes de que se seque del todo. Mi pareja pone la radio en la cocina, el gato se enreda entre mis pies buscando el balde del agua, y yo sigo ahí, decidiendo entre dos maneras distintas de convertir un lienzo plano en algo que se puede tocar con los ojos cerrados. La técnica mixta tiene esa costumbre de obligarte a elegir bando, y con el gesso texturizado ese bando se decide con las manos, no con la cabeza.

Espátula fría o pincel viejo: dos maneras de romper lo plano

El gesso, para quien no lo haya destapado nunca, es una pasta blanca y espesa, parecida a una crema de leche que se resiste a bajar de la cuchara, y sirve, entre otras cosas, para preparar la superficie antes de pintar. Gesso es también el nombre que le dan los libros de arte, aunque en mi cabeza sigue siendo simplemente "la pasta blanca". Lo que pocos mencionan es que ese mismo bote sirve para esculpir y no solo para cubrir: basta cambiar la herramienta que lo reparte sobre la madera o el lienzo para que el resultado cambie por completo. Ahí entran las dos maneras que uso más seguido, y que casi nunca coinciden en el mismo cuadro.

Dicen que el gesso lleva carbonato de calcio mezclado con el acrílico base. Lo leí en más de una ficha técnica del negocio, porque a veces reviso materiales de construcción por costumbre más que por necesidad. No me detengo mucho ahí; lo que me importa es la consistencia, no la fórmula. Con una espátula metálica, de esas frías que uso también para resanar zócalos, el gesso se comporta como arcilla: se puede levantar en crestas, dejar caer en valles, alisar a medias y dejar el resto a su suerte. Con un pincel de cerdas duras y gastadas —de esos que ya nadie usaría para pintar en serio— el mismo gesso se convierte en algo poroso, más parecido a la piel de una fruta cítrica que a una pared recién resanada.

Espátula de ferretería aplicando gesso texturizado sobre madera

Lo que la espátula logra que el pincel no

Con la espátula controlo cada arista. Puedo decidir que un borde quede filoso y el de al lado, redondeado, como una duna que el viento apenas rozó. Ese control fue justo lo que busqué cuando probé unos cursos cortos de fin de semana que nunca terminé de ver completos: los abría un sábado, los dejaba a la mitad y volvía semanas después sin acordarme de en qué punto me había quedado. La espátula, en cambio, no exige que uno recuerde nada; basta con cargarla y deslizarla. Ahí también encontré algo que ya había anotado en pintar para reducir el estrés después de una jornada laboral: la textura gruesa absorbe la tensión de un día pesado de una forma que el color solo, sin relieve debajo, no consigue.

Lo que no logro con la espátula es la sorpresa. Cada golpe es una decisión mía, y a veces prefiero que el material resuelva algo por su cuenta. Cuando después paso una aguada de acuarela azul sobre esos valles esculpidos, el color se acumula en el fondo y deja una sombra que ningún pincel imita, aunque tampoco es un efecto que se pueda planear del todo: unas veces se acumula parejo, otras se corre hacia un lado y hay que aceptarlo.

Relieve seco de gesso con aguada de acuarela azul en los surcos

La nota de voz de las cinco de la mañana que cambió el pincel

Edilma, que modera el grupo de técnica mixta al que pertenezco, mandó una de sus notas de voz larguísimas —las manda siempre de madrugada, no sé si duerme— contando que había dejado de comprar pinceles nuevos para texturizar y usaba los que ya estaban arruinados de tanto pintar con ellos. La probé esa misma tarde con un pincel de cerdas tan abiertas que parecían alambre despeinado. En vez de alisar, empecé a dar golpes verticales, como quien pica una pared antes de resanarla. El resultado fue poroso, irregular, con miles de huequitos diminutos que después, cuando pasé por encima una capa muy diluida de acrílico, se llenaron de color de una manera que ninguna espátula consigue.

Esa porosidad recuerda, salvando las distancias, a la corteza de los árboles grandes del Jardín Botánico de Medellín: nunca es pareja, y por eso funciona. De esa misma lógica —dejar que el material decida una parte del resultado— habla también el día que dejé de medir el gesso, la entrada donde cuento cómo terminé mezclando acuarela y acrílico en capas sin pesar nada en la báscula de la cocina.

Pincel viejo de cerdas duras creando textura porosa de gesso

¿Cuánto hay que esperar entre capas de gesso?

Acá no hay receta de manual que valga del todo, pero sí una referencia que uso seguido: una capa fina de acrílico sobre el gesso queda lista para la siguiente entre veinte y cuarenta minutos, aunque el clima húmedo de Medellín a veces estira ese margen sin avisar. Con el gesso el tiempo de secado se mide con el dedo y no con el reloj: si la corteza cede, todavía no. Toco el borde con la uña, no con la hora de la cocina, y si se hunde un poco, dejo pasar más rato.

Ese detalle importa más con la espátula, porque una capa gruesa sin secar se derrumba con el peso de la siguiente, mientras que la textura porosa del pincel viejo perdona un poco más al quedar repartida en capas más delgadas. También influye sobre qué superficie se trabaja —madera, lienzo, cartón prensado, cada uno reacciona distinto al peso del gesso— aunque ese es tema para otra entrada. La calidad del gesso cambia el resultado más que la marca o lo que uno haya pagado por el bote, algo que también dejo pendiente para otro día, y si el soporte es papel de acuarela, sellarlo antes es una historia aparte que tampoco voy a resolver aquí. Destapo el frasco de médium mientras pienso en todo esto y el olor ya no me dice nada raro; es solo el olor de siempre, sin ese cosquilleo de manos torpes que tenía al principio.

Cuándo conviene cada técnica, y por qué Nelly hace lo contrario

Si el cuadro va a cargar con varias capas de acrílico y acuarela después —como pasa siempre que sigo el consejo de cómo aplicar acrílico sobre acuarela en técnica mixta sin errores—, prefiero la espátula: la superficie queda más pareja y el agua no se escapa hacia un lado. Si lo que busco es un fondo con carácter propio, algo que se sostenga incluso sin una sola pincelada de color encima, el pincel viejo gana sin competencia.

Nelly, la vecina del edificio, me preguntó hace poco cuál de los dos métodos debía usar para su primer cuadro grande. Le dije que empezara con la espátula, que es más fácil de controlar cuando uno recién arranca. Hizo justo lo contrario: agarró un pincel gastado desde el primer intento, sin pasar por la espátula, y el resultado le quedó igual de bien que si hubiera seguido el consejo al pie de la letra. A veces el método importa menos que las ganas de meter las manos.

Cuadro de técnica mixta terminado con textura de gesso y acrílico

La regla que me queda, después de tantas tardes comparando las dos texturas, es simple: espátula cuando el cuadro necesita orden debajo del color, pincel viejo cuando el cuadro necesita textura por sí sola. Ninguna de las dos es la manera correcta, y esa es, sospecho, la respuesta a la pregunta con la que empecé esta entrada.

Artículos relacionados