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Cómo crear texturas con gesso en cuadros de técnica mixta

Eran pasadas las cuatro de una tarde de sábado, de esas donde el aire de Medellín se siente pesado antes de la lluvia, cuando decidí que ya no podía más con el olor a tóner de la oficina. Mi gato, que siempre sabe cuándo estoy a punto de perder la paciencia, se restregaba contra mis tobillos mientras yo abría ese bote de gesso que llevaba meses guardado en el cuarto trasero. En la ferretería familiar, mi día a día son los inventarios de pernos y las facturas de importación, pero ahí, frente a un trozo de madera recuperada, lo único que quería era que el blanco absoluto borrara el ruido de la semana.

La ferretería, el gesso y ese silencio que tanto me hacía falta

No sé si les pasa, pero a veces mis acuarelas se sentían... no sé, como sin cuerpo. Lindas, sí, pero planas, como una hoja de papel que se rinde ante el agua. Ese sábado de noviembre, mientras escuchaba de fondo la radio en la cocina —creo que era un programa de boleros que a mi pareja le encanta poner mientras prepara algo—, decidí que no iba a medir nada. Nada de proporciones de manual. Simplemente metí la mano y saqué una plasta de esa pasta blanca que parece crema de leche espesa pero que huele a tiza limpia.

El gesso acrílico es una cosa curiosa. Dicen que es una mezcla de un polímero con carbonato de calcio, lo que ellos llaman CaCO3 en las fichas técnicas que a veces reviso en el negocio. Para mí, es simplemente la oportunidad de convertir un plano en un relieve. Al aplicarlo, sentí esa liberación de la tensión en la nuca, un nudo que se deshace justo cuando el blanco cubre un error previo en el lienzo. Es como si el cuadro te diera permiso para empezar de nuevo, pero esta vez con cicatrices bonitas.

Mano aplicando gesso espeso sobre madera con una espátula de ferretería

Cuando la espátula suena a pan tostado

Como paso tanto tiempo rodeada de herramientas de construcción, me pareció lo más natural del mundo usar una espátula de ferretería, de esas metálicas y frías, en lugar de un pincel fino. Hay un momento muy específico, casi hipnótico, cuando deslizas el metal cargado de gesso sobre la madera. Es un sonido seco y rítmico, muy similar al de untar mantequilla fría sobre un pan tostado un domingo por la mañana. No hay prisa.

Empecé a crear valles y montañas. Lo que me gusta del gesso es que tiene esa viscosidad que te permite "esculpir". Si dejas un surco profundo, el gesso se queda ahí, desafiando la gravedad mientras se seca. Recuerdo que en uno de esos cursos de técnica mixta que hice hace un tiempo decían que el gesso tiene un pH de 8.0, que es libre de ácido para proteger el soporte. A mí lo que me importaba era que ese blanco mate estaba atrapando las sombras de la lámpara de mi escritorio de una forma que el color plano nunca lograría.

En ese entonces, estaba probando pintar para reducir el estrés después de una jornada laboral, y descubrí que la textura es mucho más terapéutica que el color. Tocar el cuadro mientras avanzas te conecta con la realidad de una manera que la pantalla del computador en la oficina jamás podrá emular.

El desastre de las grietas y las 24 horas de paciencia

Pero claro, como buena impaciente que soy (mi pareja dice que quiero que el café se cuele antes de poner el agua), cometí el error clásico. Fue durante el descanso de fin de año. Quise aplicar una aguada de acuarela azul sobre una capa de gesso que todavía se sentía fría al tacto. Error. El gesso absorbió el agua de forma desigual y empezaron a aparecer unas grietas profundas, como si la tierra se estuviera abriendo bajo el sol de mediodía.

Al principio me asusté, pensé que había dañado la madera. Pero luego, cuando el ventilador del techo empezó a mover el aire, vi que esas grietas aportaban una textura orgánica inesperada. Parecía el cauce de un río seco. Aprendí, a las malas, que para capas de empaste grueso —estoy hablando de esas que tienen más de 5 milímetros de espesor— el tiempo de curado total es de unas 24 horas. No hay atajos. Si intentas correr, el material te responde con su propia lógica.

Ese día fue cuando realmente entendí que el día que dejé de medir el gesso fue el comienzo de mi verdadero estilo. Dejé que las grietas se quedaran. Las rellené con un poco de tinta china y el resultado fue algo que ninguna espátula perfecta habría podido diseñar.

Textura de gesso seco con una aguada de acuarela azul en los relieves

Más allá de la espátula: pinceles viejos para texturas vivas

Aquí es donde me pongo un poco rebelde con lo que dicen los libros. Casi todos te dicen que uses espátulas o paletas de plástico para el gesso, pero hace un par de semanas descubrí algo mejor. Tenía un pincel de cerdas duras, uno de esos viejos que ya están todos abiertos y que normalmente terminarían en la basura de la ferretería. Estaba tan desgastado que las cerdas parecían alambres despeinados.

En lugar de alisar el gesso, empecé a dar golpes verticales, como si estuviera picando piedra. El resultado no fue una superficie lisa, sino algo poroso, casi como la piel de una naranja o la superficie de una roca volcánica. Esa textura aleatoria es imposible de lograr con una espátula. Cuando aplicas luego una capa de acrílico muy diluida, el color se deposita en esos miles de pequeños poros, creando una profundidad que parece que el cuadro tuviera años de historia, aunque lo hayas terminado hace una hora.

A veces me distraigo mirando cómo la luz de la tarde, esa que entra por el balcón y que siempre llega con el olor al café que ya están preparando en la cocina, resalta cada pequeño poro que dejó el pincel viejo. Es una textura que invita a ser tocada, aunque sé que los puristas del arte dirían que no se deben tocar los cuadros.

Pincel viejo de cerdas duras creando textura porosa con gesso

La calma de las imperfecciones táctiles

Al final, crear texturas con gesso no se trata de seguir una receta de cocina. Yo todavía sigo echando el gesso a ojo, calculando el volumen según lo que me pida el cuerpo ese día. Si la semana en la oficina fue muy dura, suelo poner capas más gruesas, más violentas, buscando esa resistencia del material. Si fue una semana tranquila, me dedico a crear relieves suaves, como dunas de arena.

Pasar los dedos sobre el relieve ya seco y rugoso, sentir esas imperfecciones que yo misma provoqué, me devuelve una calma que no encuentro en los balances de fin de mes. Es el equilibrio perfecto. El gesso me permite ser desordenada en un mundo que me exige ser exacta. Y aunque mi gato a veces intenta lamer la espátula y tengo que salir corriendo tras él, ese desorden es lo que mantiene mi cabeza en su sitio.

Si alguna vez sienten que sus cuadros son demasiado planos, no tengan miedo de ensuciarse. Busquen ese pincel que ya no sirve para pintar y úsenlo para esculpir. Dejen que el gesso se tome sus 24 horas para asentarse. Al día siguiente, cuando la luz de Medellín vuelva a entrar por la ventana, verán que el blanco ya no es solo un color, sino una geografía entera por descubrir.

Cuadro de técnica mixta terminado con relieves táctiles de gesso

Y si se quedan con ganas de más, siempre pueden recordar cómo aplicar acrílico sobre acuarela en técnica mixta sin errores, porque una vez que tienes la textura, el juego con el color es lo que termina de darle alma a la pieza. Ahora, si me disculpan, creo que el café ya está listo y el gato ha decidido que mi paleta es su nuevo juguete favorito.

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