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Cómo usar espátulas de ferretería en mis obras de técnica mixta

Tres espátulas viven ahora en el cajón junto al lienzo, y ninguna la compré en una tienda de arte. Las tres salieron de la misma caja de devoluciones de la bodega, esa donde terminan las herramientas de ferretería que el empaque roto vuelve invendibles, y llevo tiempo corrigiendo, en mi propio proceso frente al panel, la idea de que la técnica mixta necesita cuchillos de paleta delicados y costosos para funcionar bien. La primera vez que raspé gesso con una hoja pensada para levantar pintura vieja de una pared, algo se acomodó distinto: el material importa menos de lo que parece, y la firmeza de la mano que lo sostiene importa mucho más. Con la textura de acrílico ya seca bajo la lámpara del cuarto del fondo, quedó claro que ese cuento de las herramientas "de artista" se cae apenas uno prueba lo contrario.

El mito de que la técnica mixta exige herramientas de tienda de arte

En los cursos que he tomado con los años siempre aparece la misma advertencia: cuidado con las herramientas rígidas, van a dañar el papel, van a rajar el lienzo. La escuché tantas veces que terminé por no creerla del todo, o mejor dicho, por no creerla completa. La regla que uso ahora es más simple que la advertencia original: si el soporte es un tablero de madera o un panel grueso, el acero de una espátula de ferretería no solo no daña nada, hace un trabajo más parejo que cualquier cuchillo de paleta plástico que haya comprado antes. La corrección no es que el curso estuviera equivocado, sino que la advertencia depende del soporte. Sobre lienzo templado sí conviene ir con cuidado; sobre madera el acero puede ser tan terco como el cuadro lo pida.

Primer plano de una espátula de acero extendiendo gesso blanco sobre madera.

Acero y lienzo: lo que realmente ocurre

Estas hojas suelen ser de acero inoxidable, del tipo que no se dobla por más que uno presione contra la madera, y esa terquedad fue justo lo que me convenció. No tiene el baile elástico y a veces traicionero de una espátula plástica de arte, esa que cede justo cuando más presión necesitás. Cuando le conté esto a Carmenza Alzate, que fue compañera mía en mi primer curso de técnica mixta, se quedó callada por teléfono un buen rato antes de decir que eso sonaba a herramienta de albañil metida donde no debía. Le mandé una foto del panel con la textura recién hecha y tardó en admitir que no se veía nada mal.

El estante metálico que rescaté de la bodega y que ahora guarda mis frascos de médium y pinceles está a un lado de la mesa de madera con manchas de acrílico que ya nadie intenta limpiar, y la silla plegable protesta cada vez que me siento a mirar cómo la luz de la tarde entra en franjas naranjas por la persiana. Es un cuarto pequeño, pero ahí caben mis dos mundos sin pelearse.

Arrastrar la textura: mi proceso con el borde recto

La radio del vecino suele encenderse con alguna balada vieja justo cuando decido que es hora de los barridos, y ahí uso la espátula más ancha de las tres. Pongo gotas generosas de acrílico en el borde superior del panel y, con un solo movimiento hacia abajo, arrastro el color de punta a punta. El borde recto deja que la pintura se asiente en las hendiduras del gesso y pase de largo por las zonas altas, algo que ningún pincel logra igual. Sé que la calidad de un material no siempre corresponde con lo que cuesta, y estas herramientas de ferretería son la prueba más terca que tengo de eso.

Mano usando una espátula ancha para arrastrar pintura acrílica azul y naranja sobre un panel de madera.

Probé lo mismo hace poco con una espátula de arte tradicional y la hoja se dobló a la mitad, dejando un manchón donde esperaba un barrido limpio. Fue frustrante, pero terminó de convencerme de que mis herramientas de la bodega tienen un lugar legítimo en mi rincón de pintura. La prisa, en cambio, no perdona: una vez apliqué acrílico sobre una acuarela que todavía estaba húmeda, con las ganas de terminar antes de que llegaran visitas, y el azul se corrió hasta emborronar el papel entero. Ninguna espátula arregla eso. Ahí entendí que aplicar acrílico sobre acuarela en técnica mixta pide una paciencia que ninguna herramienta reemplaza, por firme que sea el pulso. Cuando limpio el exceso con un trapo viejo, a veces pienso en el día que dejé de medir el gesso y empecé a confiar más en lo que sentían mis manos que en lo que decían los manuales del curso.

El sgraffito no perdona al plástico

El sgraffito con estas espátulas fue de esos hallazgos que llegan por accidente. Me gusta esperar a que el acrílico ya no manche el dedo pero todavía se sienta un poco frío al tacto, y ahí entro con la esquina de la espátula más angosta. Raspo líneas, escribo palabras que después borro, o simplemente abro surcos que atrapan la luz del escritorio cuando cae la tarde. A veces caigo en errores comunes al mezclar medios húmedos y secos, aunque el raspado casi siempre me salva la capa antes de que el error se note del todo. El sonido del metal contra la madera, cuando la radio de la cocina está apagada, es de las formas más simples que tengo para bajar el ritmo después de una semana entera revisando facturas y transportadores.

Detalle de técnica de sgraffito usando la esquina de una espátula metálica sobre pintura acrílica.

Por qué no lavo la espátula apenas termino

Todo el mundo dice que hay que limpiar las herramientas de inmediato, que el acrílico seco es enemigo del metal. Con brochas y pinceles, sí. Con estas espátulas de acero, dejar que se sequen capas finas de pintura crea un relieve rugoso en la propia herramienta, y esa costra deja marcas impredecibles la próxima vez que la uso para extender gesso. Paso el dedo entre capa y capa y la superficie ya no es lisa. Queda esa aspereza que solo deja el gesso aplicado con fuerza, y me gusta encontrarla ahí, como prueba de que la mano hizo algo de verdad. El gato se queda mirando cómo intento despegar un pedazo de pintura seca con la uña, hasta que decido dejarlo para el próximo cuadro.

En papel me arriesgo bastante menos. Ahí el cuidado empieza mucho antes, desde cómo se prepara la hoja, y ese es tema para otro domingo. Fue apenas hace poco que noté algo raro entre dos cuadros que tenía uno junto al otro sobre la mesa: la mezcla de un sábado por fin se parecía a la del domingo siguiente, como si hubiera dejado de improvisar el gris cada vez que lo necesitaba. Nada de esto pide comprar algo nuevo. Si alguien va a probarlo, la única regla real es mirar el soporte antes que la herramienta: madera y paneles gruesos aguantan el acero sin quejarse, papel y lienzo delicado piden más cuidado, y todo lo demás (la costra seca, la hoja que ya no brilla como al principio) es textura, no descuido.

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