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Cómo usar espátulas de ferretería en mis obras de técnica mixta

A veces, el olor a cartón y a tóner de la bodega se me queda pegado en la nariz, incluso después de cerrar la persiana del negocio y caminar las cuadras que me separan de la casa. Fue un sábado por la tarde el pasado noviembre, de esos donde el cielo de Medellín se pone de un gris pesado que promete aguacero, cuando me quedé mirando una caja de devoluciones en el pasillo central. Había un par de espátulas metálicas que no podíamos volver a poner en el estante porque el empaque estaba roto. Me quedé sopesando una de dos pulgadas en la mano, sintiendo el frío del metal, y en lugar de dejarla en la pila de merma, la metí en mi bolso pensando en el taller del fondo de mi casa, donde me esperaba un panel de madera a medio terminar.

La tarde que cambió mi caja de herramientas

Esa tarde, mientras mi pareja se adueñaba de la cocina para preparar algo que olía a comino y cebolla, yo me encerré con mi gato, que siempre decide que mi silla es el mejor lugar para dormir justo cuando voy a sentarme. Tradicionalmente, usaba esos cuchillos de paleta delicados que venden en la tienda de arte cerca del Parque Lleras, pero siempre sentía que se quedaban cortos, como si intentara pintar una pared con una cuchara de té. Al sacar la espátula de ferretería, noté que la rigidez era otra cosa; no tenía ese baile elástico y a veces traicionero del plástico.

Empecé a extender una capa de gesso sobre el panel sin medir nada, solo guiándome por el ojo, como he hecho desde que empecé con esto en 2021. Hay algo profundamente honesto en el peso de una herramienta diseñada para raspar muros. Al deslizarla, escuché el sonido metálico y seco de la hoja de acero raspando la madera del panel, mezclado con el olor a humedad de la pintura fresca que subía desde la mesa. En ese momento, cruzó por mi mente que esta espátula de cinco mil pesos de la bodega hace un trabajo más honesto que cualquier pincel costoso que haya comprado antes.

Primer plano de una espátula de acero extendiendo gesso blanco sobre madera.

Del inventario al lienzo: por qué el acero le gana al plástico

Gestionar las compras del negocio familiar me ha enseñado a reconocer la calidad de los materiales por el tacto, y con las herramientas de pintura pasa lo mismo. Las espátulas de ferretería suelen venir en un ancho estándar de 1, 2 y 3 pulgadas, lo cual es una maravilla cuando necesitas cubrir superficies grandes sin que queden las marcas de las cerdas de un pincel. Yo suelo preferir la de 2 pulgadas para casi todo, porque cabe perfectamente en los frascos de acrílico más grandes que compro para los fondos.

En el curso de técnica mixta que tomé hace un tiempo, nos decían que debíamos ser muy cuidadosos con la flexibilidad de la herramienta para no dañar el papel o el lienzo. Sin embargo, cuando trabajas sobre soportes más rígidos, esa firmeza es tu mejor aliada. El acero inoxidable grado 420, que es el que suelen tener estas herramientas de alta resistencia, no se deforma por más que presiones contra la madera. Durante las lluvias de abril, cuando la humedad de la ciudad parece que va a ablandar hasta los pensamientos, tener una herramienta que no se rinde ante la resistencia del pigmento es una bendición.

Si alguna vez has sentido que tus capas de pintura quedan demasiado tímidas, quizás es porque te falta ese empuje industrial. He aprendido que aplicar acrílico sobre acuarela en técnica mixta requiere un pulso decidido para que el medio más pesado no termine por ensuciar la transparencia de la base, y la espátula te da ese control casi arquitectónico.

Arrastrando el color con fuerza industrial

Uno de mis momentos favoritos del fin de semana es cuando la radio del vecino empieza a sonar con alguna balada vieja y yo decido que es hora de los barridos. La técnica del arrastre con una espátula de 3 pulgadas crea unos planos de color que son imposibles de lograr de otra manera. Lo que hago es poner gotas generosas de acrílico en el borde superior y, con un solo movimiento descendente, arrastro la pintura por todo el panel. El borde rígido permite que el color se asiente en las hendiduras del gesso pero pase de largo por las zonas altas, creando una textura orgánica, casi como una pared vieja del centro de la ciudad.

Mano usando una espátula ancha para arrastrar pintura acrílica azul y naranja.

Recuerdo que hace unas pocas semanas intenté hacer esto con una espátula de arte tradicional y la hoja se dobló a la mitad, dejando un manchón en lugar de un barrido limpio. Fue frustrante, pero me sirvió para reafirmar que mis herramientas de la bodega tienen un lugar legítimo en mi rincón de pintura. A veces, mientras limpio un poco el exceso de pintura con un trapo viejo, pienso en el día que dejé de medir el gesso y empecé a confiar más en lo que mis manos sentían que en lo que decían los manuales de los cursos.

El sgraffito y la resistencia del acero 420

El hallazgo del sgraffito industrial fue otro de esos accidentes felices. El acero grado 420 es perfecto para raspar capas superiores y revelar el color base sin doblarse como las espátulas de plástico. Me gusta esperar a que el acrílico esté casi seco, ese punto donde todavía se siente un poco frío al tacto pero ya no mancha el dedo, y ahí entro con la esquina de la espátula de una pulgada. El raspado. Raspo líneas, escribo palabras que luego borro, o simplemente creo surcos que atrapan la luz de la lámpara del escritorio.

Es un proceso físico, casi terapéutico después de una semana de revisar facturas y lidiar con transportadores. El sonido es rítmico, y si el radio en la cocina está apagado, solo escucho el metal contra la madera. Hay que tener cuidado de no presionar demasiado si estás trabajando sobre lienzo, porque podrías rajarlo, pero sobre un buen tablero de madera, el acero 420 te permite ser tan agresiva como el cuadro lo pida. En ocasiones, cometo errores comunes al mezclar medios húmedos y secos, pero el raspado me permite corregir o integrar esas fallas de una manera que parece intencional.

Detalle de técnica de sgraffito usando la esquina de una espátula metálica.

La costra de pintura: mi pequeño secreto

Aquí es donde me alejo de lo que dicen en los tutoriales de internet. Todo el mundo te dice que limpies tus herramientas inmediatamente, que el acrílico es el enemigo del metal si se deja secar. Yo digo: espera un momento. He descubierto que evitar limpiar tus espátulas de ferretería inmediatamente y dejar que se sequen capas finas de pintura crea un relieve rugoso y orgánico en la propia herramienta. Luego, cuando vuelves a usar esa espátula "sucia" para aplicar una nueva capa de gesso, esas costras de pintura seca dejan marcas impredecibles en el lienzo.

Es una textura que nadie busca porque todos quieren la limpieza absoluta, pero a mí me encanta esa irregularidad. Crea una historia en la herramienta que luego se transfiere a la obra. El gato a veces se queda mirando cómo trato de despegar un pedazo de pintura seca con la uña, solo para decidir que mejor lo dejo ahí para el próximo cuadro. Es una forma de dejar que el azar participe en el proceso, algo que me hace mucha falta cuando el resto de mi semana está cuadriculada por los números del negocio.

Al final del domingo, cuando ya el sol se ha ido del todo y solo queda la luz amarilla del taller, limpio lo grueso de las espátulas con un trapo húmedo pero dejo que el alma de la herramienta conserve algo de lo que hicimos esa tarde. Ver mis dos mundos integrados, la ferretería y el arte, me da una satisfacción que no sabría explicar muy bien. Solo sé que no necesito medir nada con precisión si tengo la herramienta correcta para extender el color con la fuerza que el cuerpo me pide después de tanto cartón y tanto tóner.

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