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Diferencias entre gesso y pasta de modelar para artistas principiantes

El silencio de los tarros blancos

Fue una tarde de viernes, hace apenas unos días, cuando cerré la persiana metálica de la tienda de repuestos y sentí que el olor a tóner de las facturas se me había quedado pegado hasta en las pestañas. Medellín tiene ese ritmo que no te suelta, y para cuando llegué al apartamento, lo único que quería era borrar el día con un poco de color. Me senté frente a un lienzo en blanco que llevaba semanas mirándome de reojo y, al abrir mi caja de materiales, me quedé pausada. Tenía dos tarros blancos, casi idénticos por fuera, pero con almas completamente distintas: el gesso y la pasta de modelar.

Si me hubieran preguntado hace un par de años, cuando apenas empezaba a escaparme a esa tienda de arte cerca del Parque Lleras para no volverme loca con los inventarios de tuberías, habría dicho que los dos son simplemente "masilla blanca". Pero la pintura tiene su forma de enseñarte a punta de errores, de esos que se quedan grabados cuando ves que tu trabajo de todo un domingo se empieza a cuartear o se queda plano como una arepa olvidada en el budare. La diferencia entre estos dos materiales no es solo de nombre; es la diferencia entre preparar la piel del cuadro y construirle los huesos.

Mientras oigo el radio en la cocina —mi pareja está preparando algo que huele a comino y cebolla—, me pongo a pensar en lo mucho que me tomó entender que no son intercambiables. El gesso es ese amigo silencioso que te prepara el terreno, mientras que la pasta de modelar es la que llega a imponer su volumen y su peso. Si estás empezando, es normal que te quedes mirando las etiquetas como si fueran jeroglíficos, pero la verdad es mucho más sensorial que técnica.

Primer plano de aplicación de gesso sobre lienzo mostrando la textura del mordiente.

El gesso: el guardián de la adherencia

Hace unos seis meses, cuando todavía estaba terminando un curso de iniciación, pensaba que el gesso era solo pintura blanca barata para tapar errores. Qué equivocada estaba. El gesso acrílico moderno es, en realidad, una mezcla de pigmento, un aglutinante y algo que le da una textura microscópicamente rugosa. En mi tarro dice que usa PW6, que no es más que el código del blanco de titanio de toda la vida, pero lo importante es lo que hace bajo la lámpara de mi escritorio: crea el 'mordiente'.

Ese concepto del 'mordiente' o tooth me cambió la forma de pintar. ¿Has intentado pintar con acuarela sobre un lienzo crudo? Es un desastre, el agua corretea como si estuviera asustada. Pero cuando aplicas una capa de gesso, sientes esa pequeña punzada de alivio en los hombros cuando el pincel finalmente agarra la superficie rugosa en lugar de patinar. Es una sensación casi física, un agarre que te permite controlar la mancha. Por cierto, si te interesa profundizar en estos términos, a veces consulto este glosario de técnicas mixtas para no sentirme tan perdida cuando leo tutoriales extranjeros.

Lo curioso del gesso es que, aunque parezca una pintura espesa, su función principal es química y estructural. El gesso que uso tiene un pH de 7.0, lo que significa que es neutro. Esto es vital porque protege las fibras del lienzo o del papel de la acidez de las pinturas que pondremos encima. A diferencia del gesso tradicional que usaban los maestros antiguos —ese que llevaba cola de conejo y era un lío de preparar—, el nuestro es flexible y no se pudre. Es la base que asegura que lo que pintes hoy no se caiga a pedazos en cinco años.

La pasta de modelar: arquitectura en el pincel

Ahora, la pasta de modelar es otra historia. Recuerdo un sábado por la mañana en mayo, un día de esos en los que la lluvia de Medellín no te deja salir ni a la esquina. Decidí que quería hacer un paisaje con unas montañas que sobresalieran del cuadro, algo que pudieras tocar. Como no tenía pasta, se me ocurrió la brillante idea de usar capas y capas de gesso para dar volumen. Fue un fracaso absoluto. El gesso, al secarse, pierde mucha agua y se encoge. Mis montañas terminaron siendo unas colinas tristes y planas, casi transparentes en los bordes.

Ahí fue cuando entendí que la pasta de modelar —o modeling paste— lleva algo que el gesso no tiene: carga mineral, generalmente polvo de mármol. Eso es lo que le da esa densidad de masilla pesada. Después de un par de semanas de ese experimento fallido, compré mi primer tarro de pasta y el cambio fue inmediato. El sonido seco y rítmico de la espátula metálica raspando el fondo del tarro en el silencio de mi taller improvisado es uno de mis sonidos favoritos ahora. Es como si estuvieras construyendo algo sólido, una pequeña escultura sobre el lienzo.

La pasta mantiene la forma de la espátula. Si haces un pico, se queda como un pico. Pero ojo, que aquí viene el truco que aprendí por las malas: la pasta de modelar es mucho más pesada y menos flexible que el gesso. Si la pones muy gruesa sobre un lienzo que no está bien tensado, con el tiempo puede aparecer alguna grieta si el cuadro se mueve mucho o si hay mucha humedad en el ambiente, como suele pasar aquí. Por eso, siempre espero el tiempo de curado profundo de 24 horas antes de atreverme a ponerle color encima. No hay nada peor que arruinar una textura por no tener paciencia.

Comparación visual entre el gesso seco plano y el relieve sólido de la pasta de modelar.

Diferencias que se sienten en los dedos

Si tuviera que explicárselo a alguien que nunca ha tocado un pincel, le diría que el gesso es como la base de maquillaje que te pones para que todo lo demás luzca bien, mientras que la pasta de modelar es como el cemento de los albañiles que vienen a arreglar la fachada de la tienda. El gesso es fluido, se puede aplicar con brocha gorda y se nivela un poco. La pasta es rebelde, necesita espátulas (yo a veces uso espátulas de ferretería que traigo del negocio familiar) y deja huellas marcadas.

En mis tardes de domingo, cuando el gato se pasea por encima de mis bocetos y yo trato de decidir qué capa poner después, he notado que el gesso absorbe la pintura de una manera muy particular. Si usas acuarela sobre gesso, los colores quedan vibrantes pero se pueden levantar fácilmente. En cambio, la pasta de modelar, una vez seca, es como una piedra porosa. Se traga el color y lo fija de una forma distinta, creando sombras naturales gracias al relieve que ella misma genera.

Un detalle que me sorprendió es que el gesso es fundamental incluso si vas a trabajar sobre papel. Hace poco escribí sobre cómo sellar papel de acuarela y el gesso es un gran aliado ahí, porque evita que el papel se ondule tanto cuando le metes mucha carga de acrílico después. La pasta de modelar, por el contrario, en papel suele ser demasiado pesada; a menos que sea un papel de muy alto gramaje, terminarás con una hoja doblada que parece un pergamino viejo.

Espátula metálica extrayendo pasta de modelar espesa de un tarro para crear texturas.

El error que nadie te cuenta: la trampa de la adherencia

Aquí es donde me pongo un poco contraria a lo que dicen algunos manuales rápidos. Muchos te dirán: "prepara tu lienzo con gesso y luego pon la pasta". Y tienen razón, pero hay un detalle. He descubierto que usar gesso como sustituto de la pasta de modelar es un error por el encogimiento, sí, pero aplicar capas muy gruesas de pasta de modelar directamente sobre el lienzo, sin una buena base previa, suele arruinar la adherencia a largo plazo. La pasta es tan rígida que, si el lienzo se expande por el calor, la pasta puede empezar a despegarse por los bordes como si fuera una costra.

Lo que yo hago ahora —y esto es algo que me tomó varios lienzos echados a perder— es aplicar una capa fina de gesso, dejarla secar bien para que el lienzo esté 'sellado', y luego construir el relieve con la pasta. Es como si el gesso fuera el pegamento que mantiene la estructura unida al soporte. Es un paso extra, lo sé, y a veces una solo quiere ver el resultado final rápido, pero la pintura me ha enseñado que las prisas solo sirven para gastar material en vano.

A veces, cuando el espacio se me queda pequeño entre los tarros y los lienzos, me doy cuenta de que tener todo esto organizado es la única forma de no terminar pintando con gesso donde quería poner pasta. Si te pasa como a mí, que pintas en un rincón del salón, quizás te ayude ver algunos consejos sobre cómo organizar un rincón de pintura en una casa pequeña, porque el orden mental empieza por no tropezar con el bote de blanco de titanio.

Reflexiones entre capas y pinceles

Al final del día, cuando la luz de la tarde empieza a desaparecer por el balcón y mi pareja apaga el radio para decirme que la cena está lista, me quedo mirando mi obra. Hay una satisfacción extraña en ver cómo conviven la suavidad de una zona preparada con gesso y la agresividad de un relieve hecho con pasta. No se trata de cuál es mejor, sino de entender que cada uno tiene su momento.

El gesso me da la seguridad de que mi pintura no se va a resbalar, de que el lienzo está listo para recibir el color. La pasta me da la libertad de salirme de las dos dimensiones, de crear sombras reales que cambian según cómo entre la luz por la ventana. Son mis dos herramientas básicas para esa técnica mixta que tanto me relaja después de una semana lidiando con pedidos de tornillos y válvulas.

Obra terminada en técnica mixta mostrando el contraste entre superficies lisas y relieves texturizados.

Si estás frente a esos dos tarros y no sabes cuál abrir, recuerda esto: si quieres que la pintura agarre bien, ve por el gesso. Si quieres que el cuadro tenga cuerpo y presencia física, saca la pasta de modelar. Y no te preocupes si al principio te confundes; hasta a mí, después de varios años, a veces se me olvida limpiar bien la espátula y termino mezclando los dos. Total, esto es un hobby, y en el arte, a diferencia de la ferretería, los errores a veces se convierten en el detalle más bonito del cuadro.

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