Eran apenas las diez de una mañana de sábado reciente cuando el aire en Medellín empezó a sentirse denso, de esa forma en que solo ocurre antes de un aguacero de julio. Me encerré en el cuarto de atrás, ese que poco a poco ha dejado de ser un depósito de cajas viejas para convertirse en mi refugio, buscando desesperadamente cambiar el olor a cartón y tóner de la ferretería por el aroma fresco del acrílico recién abierto. No es que no quiera mi trabajo, pero después de una semana cuadrando pedidos de tornillería, mis manos pedían algo que no fuera una hoja de cálculo.
Llevo desde finales del año pasado intentando que mis paisajes tengan la fuerza de las montañas que veo desde la ventana. La acuarela es preciosa, claro, pero a veces se siente demasiado etérea, como un susurro que se pierde. Yo quería algo que se pudiera tocar, algo con relieve. Así que, durante los meses de lluvia, me propuse dejar de lado los pinceles que tanto me costó aprender a lavar y me pasé a la espátula. Al principio me daba pavor arruinar una tela de lienzo de 30x40 cm, que es el tamaño que siempre tengo a mano, pero la curiosidad de sentir la pintura espesa fue más fuerte que el miedo al desperdicio.
El cambio del pincel a la hoja de metal
Lo primero que aprendí es que la espátula no es para dibujar, es para esculpir. Es un cambio de chip mental bastante grande. En la ferretería vendemos espátulas para resanar paredes, y aunque usar espátulas de ferretería en mis obras es algo que he intentado, para estos paisajes preferí una de acero inoxidable de esas con el cuello acodado. Las de plástico se doblan de una forma que no puedes controlar, y si algo aprendí gestionando inventarios, es que la herramienta debe responderte con firmeza.
Hay un consejo que me dieron en uno de esos cursos que tomé hace tiempo y que al principio ignoré: no compres el set de diez espátulas que viene en la caja bonita. Es una trampa para principiantes. Yo empecé con una sola, de forma de diamante mediana, y eso me obligó a dominar el control de la presión antes de complicarme la vida. Si puedes hacer una nube y el pico de una montaña con la misma punta de metal, ya tienes medio camino hecho. La radio de la cocina estaba puesta bajito, creo que era una emisora de boleros, y mientras escuchaba, me di cuenta de que aplicar la pintura en un ángulo de 45 grados es el secreto para que el color no se barra por completo, sino que se asiente creando esos picos que llaman impasto.
La preparación y el silencio del gesso
Hace unas tres semanas, preparé tres lienzos a la vez. Siempre uso gesso, pero ahora soy más paciente. Antes quería pintar a la media hora, pero he descubierto que respetar el tiempo de curado total del gesso, que son unas 24 horas, hace que la tela tenga ese "diente" necesario. Si la base no está bien seca, la masa de acrílico pesado que ponemos con la espátula simplemente resbala. Es como tratar de poner un estante sobre una pared húmeda; se va a venir abajo.
Mientras esperaba que se secara, me puse a organizar mis tubos de acrílico por colores. Pensar que si puedo gestionar el inventario de la tienda, puedo dominar una montaña de azul cobalto sin que se vuelva barro fue un pensamiento que me dio paz. A veces nos complicamos la vida pensando que el arte es un don místico, cuando en realidad tiene mucho de orden y de entender cómo reaccionan los materiales bajo la lámpara del escritorio. El acrílico de cuerpo pesado es el único que realmente mantiene los picos después de secar; si usas uno muy fluido, al día siguiente tu montaña parecerá un charco triste.
El sonido del relieve y la libertad del error
Cuando por fin empiezas a aplicar la pintura, ocurre algo mágico. Hay un sonido rítmico del metal raspando la trama del lienzo y la resistencia de la pintura espesa bajo mi muñeca que no tiene comparación. Es casi terapéutico. El gato saltó a la mesa justo cuando estaba definiendo la línea del horizonte, y por un segundo pensé que todo se iría al traste, pero esa es la belleza de la espátula: si te equivocas, raspas. Con la acuarela el error es una mancha permanente; aquí, el error es solo una capa más de historia en el paisaje.
Para quienes están empezando, les diría que no intenten cubrir todo el lienzo de una sola vez. Yo empiezo por el cielo, dejando que las capas se asomen unas tras otras. Si te interesa explorar más sobre cómo dejar que lo de abajo se vea un poco, escribí algo sobre cómo lograr efectos de transparencia en técnica mixta para principiantes que quizás te sirva para darle profundidad a tus nubes antes de meterles la espátula con blanco puro.
Construyendo montañas con volumen real
Mi parte favorita siempre es el final, cuando uso la espátula cargada solo en el borde para hacer las luces de la nieve o el reflejo del sol en las rocas. Es un toque seco, casi sin presión. Si presionas mucho, el color se mezcla con lo que hay debajo y se ensucia. He notado que el acrílico bajo la lámpara brilla de una forma distinta mientras está húmedo, y hay que aprender a confiar en que, al secarse, ese volumen se quedará ahí, firme.
Al terminar la tarde, cuando mi pareja ya estaba en la cocina preparando algo que olía a comino y cebolla, me quedé mirando mi cuadro. Ya no era solo una imagen plana de los Andes; era un objeto con peso y textura. Me recordó que, aunque mi semana sea de números y cajas de cartón, los fines de semana puedo construir mundos que se pueden tocar. Es importante tener ese espacio, aunque sea pequeño. De hecho, si te pasa como a mí que el espacio es un lujo, te cuento cómo organizar un rincón de pintura en una casa pequeña para que no dejes de crear por falta de metros cuadrados.
La espátula me ha enseñado a ser menos perfeccionista y más decidida. Cada golpe de metal sobre la tela es una decisión tomada. A veces sale bien, a veces toca raspar y volver a empezar, pero al final del domingo, ver el relieve de la pintura secándose es la mejor forma de prepararme para volver a la ferretería el lunes por la mañana.