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Cómo pintar retratos abstractos con técnica mixta y recortes de revistas

A veces, cuando cierro la puerta de la ferretería después de una semana de pelear con facturas de importación y el olor a tóner de la impresora, lo único que quiero es algo que no tenga bordes rectos. Recuerdo que hace unos seis meses, una tarde de esas en las que el sol de Medellín se pone caprichoso, me quedé mirando una pila de revistas viejas que teníamos en la trastienda. Estaban ahí, amontonadas entre cajas de herramientas, esperando ser recicladas, pero el aroma del papel viejo me detuvo. Era un olor seco, distinto al del cartón nuevo, y de repente sentí esa necesidad de llevarme un trozo de ese caos a mi mesa de trabajo.

Mi gata, que siempre sabe cuándo estoy por inventar algo, ya me estaba esperando sobre el mesón de la cocina mientras mi pareja terminaba de picar unas cebollas para la cena. Puse la radio bajito, algo de jazz que apenas se oía por encima del ruido de las ollas, y extendí mi primer pliego. No buscaba perfección. Solo quería ver qué pasaba si mezclaba ese mundo de hierro y ventas con mis pinceles.

El soporte: un refugio de 300 gramos

Lo primero que aprendí es que no cualquier papel aguanta mis ganas de echarle agua y capas de cosas. Durante las lluvias de mayo, intenté usar un bloc que tenía por ahí guardado, pero el papel se encrespó como si tuviera miedo. Ahora solo uso papel con un gramaje estándar de papel para técnica mixta de 300 g/m². Es la medida justa; se siente robusto en las manos, casi como una cartulina valiente que no se rinde ante la humedad. Si vas a meterle recortes, pegamento y luego aguadas, necesitas esa base que no se ondule a la primera de cambio.

Manos rasgando papel de revista couché para un collage de técnica mixta.

Antes de empezar con el color, siempre preparo la superficie. Miro el bote de gesso y decido que tres cucharadas visuales bastan, ignorando por completo cualquier manual de instrucciones o medida de laboratorio. No me gusta medir; en la ferretería ya mido suficientes pernos y calibres durante el día. Aquí, el gesso entra a la hoja con una espátula vieja (de las de verdad, de las que vendemos para resanar paredes) y lo extiendo sin pensar mucho. Me gusta que queden crestas, que el blanco no sea liso. Ese relieve es el que luego atrapará la pintura en los recovecos más inesperados.

El collage: el rostro que aparece sin permiso

Aquí es donde me pongo rebelde con lo que dicen los cursos de arte que he tomado. La mayoría de la gente te dice que dibujes un boceto, que planees dónde va la nariz y los ojos. Yo prefiero el camino del azar. Evito planificar el rostro antes de pegar los recortes, ya que la composición azarosa de las texturas genera una expresividad emocional superior al dibujo predefinido. Si ya sé dónde va todo, me aburro. Prefiero que la cara me sorprenda.

Empecé a rasgar las revistas. Hay un placer casi infantil en el sonido seco del papel couché al rasgarse con las manos, dejando un borde blanco y fibroso que se resiste a la simetría. Ese borde no es un error; es la cicatriz del retrato. A finales de marzo, encontré un ojo azul enorme en una revista de moda y lo pegué cerca de una textura de cemento que recorté de un folleto de construcción. De repente, el retrato ya no era una persona, sino un sentimiento. No usé tijeras; las manos le dan una intención que el metal de la cuchilla corta de tajo.

Detalle de collage con un ojo de revista y recortes de catálogo de ferretería.

A veces me preguntan cómo sellar papel de acuarela para usar técnicas mixtas encima, y yo siempre digo que el secreto está en no tenerle miedo a que el papel chupe un poco de lo que le pongas. Si dejas que el material hable, el retrato abstracto cobra una vida que no podrías haber planeado ni en mil años.

El juego de los colores primarios y el tiempo de espera

Una vez que los recortes están en su sitio y el pegamento ha hecho su magia, entro con el color. Me gusta limitarme. Uso los colores primarios en el modelo RYB, que son básicamente 3: rojo, amarillo y azul. Con eso tengo el universo entero. Empiezo con aguadas de acuarela, dejando que el pigmento corra alrededor de los recortes de papel. El agua se detiene donde el gesso está más alto, creando charcos de color que parecen sombras naturales.

Lo difícil es la paciencia. El tiempo aproximado de secado al tacto del acrílico es de unos 20 minutos cuando la capa es delgada, y ese es el momento perfecto para ir a la cocina, robarle un trozo de queso a mi pareja o ver qué está haciendo la gata con mis hilos de bordar. Si intentas pintar encima cuando todavía está brillante, terminas con un barro grisáceo que no le sirve a nadie. He aprendido a respetar esos minutos. Es el silencio necesario para que la capa anterior se asiente y me deje seguir construyendo.

Paleta de colores primarios RYB con pincel y retrato abstracto al fondo.

Mientras esperaba que secara una capa de ocre hace un par de semanas, me puse a pensar en cómo organizar un rincón de pintura en una casa pequeña, porque mi mesón ya estaba invadido de botes y retazos. Al final, el desorden es parte del proceso, ¿no? No se puede crear algo nuevo sin hacer un poco de lío en el camino.

Cuando la ferretería se vuelve arte

El momento del hallazgo ocurrió casi por accidente. Tenía sobre la mesa un catálogo de pernos y tornillos que me traje de la oficina para revisar unos precios. Al mirar una foto de unos pernos de acero inoxidable, vi que tenían una sombra gris azulada perfecta. La recorté y la pegué justo donde debería ir el pómulo del retrato. Fue como si mi mundo profesional y mi refugio artístico finalmente se hubieran dado la mano.

Ese contraste entre el rostro humano (o lo que quedaba de él entre las manchas de acrílico) y la frialdad metálica del recorte de ferretería le dio una fuerza increíble. Ya no era solo un ejercicio de clase; era mi vida puesta ahí. La pintura técnica mixta te permite eso: meterle un pedazo de tu realidad, por muy aburrida que parezca, y transformarla en algo poético. Bajo la lámpara del escritorio, esa sombra de perno brillaba de una forma que ninguna mezcla de negro y blanco hubiera logrado jamás.

Retrato abstracto terminado con técnica mixta y recortes de revistas en un caballete.

La paz de lo imperfecto

Al final de la tarde, cuando la luz de Medellín se apaga y solo queda la bombilla cálida de mi rincón, me quedo mirando el resultado. No es un retrato que vayas a ver en una galería elegante, y está bien. Es un equilibrio entre el orden estricto de mis inventarios de la semana y el caos de color que necesito para no volverme loca.

No mido, no planifico y a veces el pincel se me va por donde no es porque la gata saltó sobre la mesa buscando atención. Pero en esa mancha de acuarela que se metió debajo de un recorte de revista, encuentro una paz que no me dan las hojas de cálculo. Pintar retratos abstractos es, al final, una forma de decir que no todo tiene que encajar perfectamente para ser hermoso. Mañana volveré a la ferretería, al olor a cartón y a las cuentas, pero me iré con las uñas un poquito manchadas de azul, y eso lo cambia todo.

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